3 Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación,
4 el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios.
5 Porque de la manera que abundan en nosotros las aflicciones de Cristo, así abunda también por el mismo Cristo nuestra consolación.
6 Pero si somos atribulados, es para vuestra consolación y salvación; o si somos consolados, es para vuestra consolación y salvación, la cual se opera en el sufrir las mismas aflicciones que nosotros también padecemos.
7 Y nuestra esperanza respecto de vosotros es firme, pues sabemos que así como sois compañeros en las aflicciones, también lo sois en la consolación.
Cuando estoy orando por una situación, invoco al Señor usando uno de sus nombres asociado con mi necesidad. Así, en tiempos de dolor o dificultad, le pido a mi Consolador que acuda en mi ayuda (is 40.1; 51.12; 66.13), con la confianza de que él alentará mi corazón, aliviará mis cargas y me ayudará en la dura experiencia.
Pero muchas personas no pueden ver a Dios como un consolador. interpretan mal nombres como "juez", pensando que a él le gusta aplicar una disciplina severa, o "rey", como una deidad remota e indiferente. imaginan que está, o esperando para derramar su castigo, o demasiado ocupado para fijarse en nuestra insignificante existencia. Quien tenga conceptos tan equivocados como éstos no advertirá las promesas de consolación del Señor cuando ande en el valle del sufrimiento; en vez de eso, lo más probable es que la persona bregue con la incredulidad, la frustración y quizás con resentimiento hacia Dios.
Jesucristo fue la representación de Dios Padre en la tierra, y como tal, siempre respondió con palabras tranquilizadoras y actos bondadosos a las personas perturbadas y acongojadas. No condenó a la mujer samaritana por sus matrimonios sucesivos, sino que le ofreció una nueva vida (Jn 4.14). Socorrió a la mujer con flujo de sangre (Lc 8.48) y consoló a la atribulada familia de Jairo (Lc 8.52). y hoy el Señor sigue dispuesto a consolarnos y fortalecernos.
Los seres humanos acumulan sobre sí mismos y sobre los demás sentimientos de culpa y vergüenza, pero el Señor no actúa de esa manera. él Es el Dios del consuelo, una característica que se deja ver en otro de sus nombres: Pastor. el Pastor levanta a sus seguidores, aun en el valle de sombra de muerte (Sal 23.4).
